La historia comienza en una esquina del corazón de San Telmo. Rezaba Takura su cartel sin luces. Los minutos pasaban y comencé a presentir que no vendría al encuentro. Entonces la llamé y como efectivamente estaba retrasada propuso enviarme una consigna por mail para que hiciera ese parcial a destiempo de modo domiciliario. Horas después encontraría en mi correo su intensa complejidad.
Caminé hasta la parada del 29 que llegó enseguida. Era de noche ya y es un paseo, el de regreso a casa desde ese barrio, que siempre disfruto. Las vidrieras con antigüedades, la gente tomando tragos en la plazoleta de cemento y después una calzada circular hacia el centro hastiado a toda hora. La Avenida Córdoba se abre y todo me resulta familiar. Como si en cada rincón hubiera una anécdota mía.
Bajé en lo de Ro, tomamos unas copas de vino y hablamos de la vida, de los desamores y de la sequía de esas lágrimas que no logran aflorar. Hablamos del tiempo cuando nos invadió el aroma a lluvia.
Finalmente llegué a casa cerca de las 10 de la noche y pedí comida porque no tenía ganas de cocinar. Necesitaba hierro y elegí un bife de costilla que llegaría en 30 minutos.
El timbre sonó y pensé en atender, creo que lo hice, pero sólo para comprobar que todavía no arreglaron el portero. Y quizá pensando en esas cosas me puse unas ojotas (podrían haber sido las pantuflas) y bajé con la billetera y el cambio justo.
Sólo con la billetera y el cambio justo.
Mientras me acercaba a la puerta ya en planta baja descubrí que no tenía la llave. Ahí estaba, mi bife esperándome, mi estómago crujiendo, mis manos casi vacías. Entonces haciéndole una seña al chico del delivery le rogué que me esperara. Él sonrió y pasó los siguientes minutos observándome de puerta en puerta sin lograr que nadie me abriera. “Estoy descansando” gritó el malhumorado del 3 con tonada gallega. “Buena onda” le contesté con enojo.
Subí hacia la salvación del 7. Primero pude encontrarme con el bife, le pagué al muchacho y enfrenté lo peor. Mi vecino hizo fuerza con una radiografía y no logró abrir la puerta. Entonces desde su casa llamé a Aldana que no estaba y a Ro, pero daba ocupado.
Con una llave extra de la puerta de entrada que me facilitaron y un paraguas a estrenar, también prestado, salí bajo la lluvia, bife en mano y en ojotas. Pasé por el banco, saqué dinero, y desde un locutorio llamé a Ro que me pasó el celular de Aldana (esto de tener todo agendado hace que ya no memoricemos nada) y paso seguido la llamé a la Peti.
- Estoy en Paseo del Sol, tengo la llave conmigo ( wonder wooommmaaannn)
Me tomé el 152 (o el 39) y me bajé en el Alto Palermo. Recuperé la llave, me despedí de Aldana y sus amigos y en un 68 (o 29) regresé a casa con el bife ya frío, pero contenta por no haberme desesperado en tomar mil taxis para cortas distancias, sobre todo con una bajada de bandera a 3.10.
En fin. Final feliz para una pequeña odisea.
El bife delicioso. Valió la pena esperar.
sábado, 24 de noviembre de 2007
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Atmósfera
Hay una melodía que me recuerda un lugar en el que nunca estuve, pero que se parece mucho a mi lugar en el mundo. Es un espacio inmenso y vacío en el que el aire recorre sus propios sueños. Hay arena y es húmeda y con aroma a lluvias veraniegas y lejanas. Tiene recovecos por doquier y son de piedra y de cal, cubiertos de sal y de memorias nuevas. Es mi paraíso personal. Es mi lugar desconocido. Está esperándome en algún rincón del globo, anhelando ser habitado por mí. Y yo sólo deseo ser habitada por él. Correr descalza contra la brisa de una primavera eterna. Y saber que mi destino estuvo siempre entre esas rocas azules y esos ecos palaciegos de la orilla. Aire.
Aire.
Y esa sola melodía.
Aire.
Y esa sola melodía.
viernes, 26 de octubre de 2007
En construcción 3
Uno construye.
Construye su día, lo prepara, elige los condimentos adecuados, lo saborea, lo arma. Lo diseña. Espontáneamente quizá, va uniendo las piezas necesarias para vivirlo. Cuando factores externos aparecen sorpresivamente los deja entrar e influir o los aparta y los reprime. Una piedra derrumba el castillo de naipes, puro equilibrio. Siempre hay que dejar un espacio para esas sorpresas. Uno construye un método de estudio, lo abandona y lo reconstruye las veces que considera necesarias. Una relación también se construye, de a dos. A veces construimos fantasías e ideales de cosas que nunca serán. Construimos textos eligiendo y ordenando, paradigma y sintagma, una armonía semántica que nos convence.
Pero a veces sentimos que no construimos nada. Que no aportamos nuevos elementos a nuestro universo. Que los días se deshacen entre las yemas de los dedos. A veces la tristeza devora muchas de nuestras horas, irrecuperables. Será que también allí construimos. Un rincón para la tristeza que se nos impone.
Hay autores que citan el advenimiento del reloj como impulso de la modernidad. Esto quiere decir que nuestras nociones acerca del tiempo son inventadas. Nos vienen dadas, pero en realidad son aprehendidas. Los relojes marcan los retrasos, los adelantos, el espacio limitado para comer un sándwich en la oficina, hasta la cantidad de posibilidades que restan para tener o no un hijo. Es una total mesura. Y de hecho también logra catalogarnos porque si solemos estar retrasados somos impuntuales. La palabra retraso en su sentido peyorativo (incluso cuando no intenta serlo lo es) nos dice que la normalidad está hacia delante. Alguien con un retraso, si nos guiáramos solo por el origen semántico de esta palabra no puede progresar. Si nos adelantamos en cambio nos llaman ansiosos, perfeccionistas, estructurados, obsesivos, histéricos. Y si no tenemos un hijo antes de que el reloj biológico llegue a las 12 campanadas, viviremos solas por el resto de nuestras vidas.
Pero, ¿quién es el culpable de los momentos marchitos?. Esos que no pueden recuperarse.
Los que bajo un inconsciente vestido de normalidad pudimos haber advertido, mientras el tiempo pasaba violento y veloz. ¿Cómo ganamos el tiempo perdido?, ¿con qué pagamos los instantes derrochados?.
Si estoy en deuda con un pasado que quiso ser, que pudo ser y al que di la espalda una y otra vez. Una idea, un impulso, un amor. Y en deuda conmigo.
Culpable es el miedo. O la farsa hecha armadura de una fortaleza que no es tal, pero a la que le entregué mi vida entera. Culpable es la estupidez que nace del dolor. Culpables son los otros. Soy yo en esta ajada red social. Culpable es una imagen, o dos. Y la memoria selectiva que eligió mal.
Pero aun no se consigue dominar el tiempo y su retroceder. Es una utopía tan absurda. Es una excusa tan banal, que quiere dejar de ser mi utopía mayor. La técnica tiene falencias que para nuestro sentido común son obviedades. No puede deshacer la mortandad, ni nos permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Tampoco hace posible volver el tiempo atrás.
¿Puedo construir algo que niegue lo anterior?, ¿o destruir lo construido?; ¿vencer el tiempo dándole la espalda a ese deseo de regresar para hacer las cosas bien?
O será mejor sencillamente construir… cosas distintas.
Construye su día, lo prepara, elige los condimentos adecuados, lo saborea, lo arma. Lo diseña. Espontáneamente quizá, va uniendo las piezas necesarias para vivirlo. Cuando factores externos aparecen sorpresivamente los deja entrar e influir o los aparta y los reprime. Una piedra derrumba el castillo de naipes, puro equilibrio. Siempre hay que dejar un espacio para esas sorpresas. Uno construye un método de estudio, lo abandona y lo reconstruye las veces que considera necesarias. Una relación también se construye, de a dos. A veces construimos fantasías e ideales de cosas que nunca serán. Construimos textos eligiendo y ordenando, paradigma y sintagma, una armonía semántica que nos convence.
Pero a veces sentimos que no construimos nada. Que no aportamos nuevos elementos a nuestro universo. Que los días se deshacen entre las yemas de los dedos. A veces la tristeza devora muchas de nuestras horas, irrecuperables. Será que también allí construimos. Un rincón para la tristeza que se nos impone.
Hay autores que citan el advenimiento del reloj como impulso de la modernidad. Esto quiere decir que nuestras nociones acerca del tiempo son inventadas. Nos vienen dadas, pero en realidad son aprehendidas. Los relojes marcan los retrasos, los adelantos, el espacio limitado para comer un sándwich en la oficina, hasta la cantidad de posibilidades que restan para tener o no un hijo. Es una total mesura. Y de hecho también logra catalogarnos porque si solemos estar retrasados somos impuntuales. La palabra retraso en su sentido peyorativo (incluso cuando no intenta serlo lo es) nos dice que la normalidad está hacia delante. Alguien con un retraso, si nos guiáramos solo por el origen semántico de esta palabra no puede progresar. Si nos adelantamos en cambio nos llaman ansiosos, perfeccionistas, estructurados, obsesivos, histéricos. Y si no tenemos un hijo antes de que el reloj biológico llegue a las 12 campanadas, viviremos solas por el resto de nuestras vidas.
Pero, ¿quién es el culpable de los momentos marchitos?. Esos que no pueden recuperarse.
Los que bajo un inconsciente vestido de normalidad pudimos haber advertido, mientras el tiempo pasaba violento y veloz. ¿Cómo ganamos el tiempo perdido?, ¿con qué pagamos los instantes derrochados?.
Si estoy en deuda con un pasado que quiso ser, que pudo ser y al que di la espalda una y otra vez. Una idea, un impulso, un amor. Y en deuda conmigo.
Culpable es el miedo. O la farsa hecha armadura de una fortaleza que no es tal, pero a la que le entregué mi vida entera. Culpable es la estupidez que nace del dolor. Culpables son los otros. Soy yo en esta ajada red social. Culpable es una imagen, o dos. Y la memoria selectiva que eligió mal.
Pero aun no se consigue dominar el tiempo y su retroceder. Es una utopía tan absurda. Es una excusa tan banal, que quiere dejar de ser mi utopía mayor. La técnica tiene falencias que para nuestro sentido común son obviedades. No puede deshacer la mortandad, ni nos permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Tampoco hace posible volver el tiempo atrás.
¿Puedo construir algo que niegue lo anterior?, ¿o destruir lo construido?; ¿vencer el tiempo dándole la espalda a ese deseo de regresar para hacer las cosas bien?
O será mejor sencillamente construir… cosas distintas.
jueves, 6 de septiembre de 2007
Rojo intenso
Casi en un descuido escribí en verso alguna vez un poema, quién sabe cómo lo titulé si es que lo hice, quien sabe de qué trataba si es que era algo más que mera rima. Sin saber muy bien qué era lo que hacía acepté esa propuesta de mis amigas en plena infancia y asistí a una reunión coral en la que el profesor determinó que yo era soprano. De alguna manera sin fuerza alguna la escritura y el cantar entraron en mí y adornaron mis rutinas desde allí en adelante. La vocación se nos impone, dijo un sabio filósofo una vez no hace mucho y yo lo presencié. Es cierto, pensé. Hay quienes pasan la vida entera buscándola. Nunca concebí una vida sin pasión, hasta que entendí que así como la felicidad es momentánea, la pasión también lo es, pero es, es decir que existe. Y al igual que la vocación y las más de las veces de la mano de ésta, también la pasión se nos impone. Quizá no haga falta esperarla, buscarla desesperadamente, sino simplemente (y con toda la complejidad que supone) no ignorarla cuando llega. Por qué volver el rostro hacia el pasado como el Agelus Novus que busca “recomponer lo despedazado”. Siquiera temerle al “huracán” del futuro. Quedémonos con el hoy.
Hoy, caminé las últimas dos cuadras de mis 23 años por Güemes hacia mi hogar. Faltaban dos minutos y yo empecé a sonreír. El miedo de llegar a este punto, la desesperación de buscar en mi historia señales de improntas vistosas, me persiguió esta semana, el lamento de la cercanía al cuarto de siglo. Y la total incertidumbre. Luego el teléfono empezó a sonar con saludos y alegrías y cariños y planes… y todo eso. Siento que nunca un número par me gustó tanto. Lo veo de color colorado, vivo e intenso. Le veo la talla de la madurez necesaria para empezar a madurar, del crecimiento preciso para empezar a crecer. Y cambiar mis mensajes hacia mi y hacia mi propio universo por párrafos cortos y sencillos que hablan de bienvenidas y abrazos.
Hace 24 años, a las 15.45 de un miércoles, llegué. Esta sensación de caída en un universo ya conformado que se alistaba para ser mi hogar. Caí. En uno de esos momentos que no son ni dorados ni de desintegración, sino un permanecer. Cuando todo era nirvana yo llegué. No podría haberlo querido de otro modo de haber tenido la imposible posibilidad de elegir. Y sé varias anécdotas que me dibujan el momento, que se quedan en mi y en mi bagaje de recuerdos sin memoria.
Llegué ese año que el horóscopo chino otorgaba al chancho de agua, el mismo año en que en varios se renovaba la esperanza hecha piel de la libertad, pero aun no hecha cuerpo. Cuando la sal entumecía los rostros, y habían sólo sospechas y temores de toda esa ausencia que luego fue evidente. En un país de jueves blancos y domingos grises. En el mes de los enamorados, de las flores. En un año de paradojas.
Así que me siento así: del color de la pasión, y bella como esta noche que anuncia la primavera cercana. Amo la vida, amo a mi gata, amo tantas cosas. Y yo que alguna vez creí mi pasión perdida. Será que hay que seguir buscando, con más que predisposición, por dónde encausar la energía. Y arriesgar las veces que queramos como mejor nos parezca. Somos tantas cosas, cumplimos tantos roles, influimos de tantas maneras en los otros y en nosotros a medida que la vida transcurre, que por qué no, animarnos a vivirla a nuestro modo como dice la canción.
Hoy, caminé las últimas dos cuadras de mis 23 años por Güemes hacia mi hogar. Faltaban dos minutos y yo empecé a sonreír. El miedo de llegar a este punto, la desesperación de buscar en mi historia señales de improntas vistosas, me persiguió esta semana, el lamento de la cercanía al cuarto de siglo. Y la total incertidumbre. Luego el teléfono empezó a sonar con saludos y alegrías y cariños y planes… y todo eso. Siento que nunca un número par me gustó tanto. Lo veo de color colorado, vivo e intenso. Le veo la talla de la madurez necesaria para empezar a madurar, del crecimiento preciso para empezar a crecer. Y cambiar mis mensajes hacia mi y hacia mi propio universo por párrafos cortos y sencillos que hablan de bienvenidas y abrazos.
Hace 24 años, a las 15.45 de un miércoles, llegué. Esta sensación de caída en un universo ya conformado que se alistaba para ser mi hogar. Caí. En uno de esos momentos que no son ni dorados ni de desintegración, sino un permanecer. Cuando todo era nirvana yo llegué. No podría haberlo querido de otro modo de haber tenido la imposible posibilidad de elegir. Y sé varias anécdotas que me dibujan el momento, que se quedan en mi y en mi bagaje de recuerdos sin memoria.
Llegué ese año que el horóscopo chino otorgaba al chancho de agua, el mismo año en que en varios se renovaba la esperanza hecha piel de la libertad, pero aun no hecha cuerpo. Cuando la sal entumecía los rostros, y habían sólo sospechas y temores de toda esa ausencia que luego fue evidente. En un país de jueves blancos y domingos grises. En el mes de los enamorados, de las flores. En un año de paradojas.
Así que me siento así: del color de la pasión, y bella como esta noche que anuncia la primavera cercana. Amo la vida, amo a mi gata, amo tantas cosas. Y yo que alguna vez creí mi pasión perdida. Será que hay que seguir buscando, con más que predisposición, por dónde encausar la energía. Y arriesgar las veces que queramos como mejor nos parezca. Somos tantas cosas, cumplimos tantos roles, influimos de tantas maneras en los otros y en nosotros a medida que la vida transcurre, que por qué no, animarnos a vivirla a nuestro modo como dice la canción.
lunes, 27 de agosto de 2007
Fotografías
Yo soy una de esas personas que tienen la manía de guardar. Papelitos, adornos, etiquetas, postales, cualquier mínima cosa. También heredé una pasión por órdenes internos esporádicos, momentos en los que tiro de golpe todas esas cosas que guardé meses o años atrás. Hoy buscando unas revistas Primera Plana entre mis apuntes me reencontré con fotos. No las traje hace mucho, es una selección especial de imágenes algo antiguas. Lo bueno de dejar pasar un tiempo entre reencuentro y reencuentro es este volver a sorprendernos en un breve viaje hasta el momento en que se tomó la fotografía. Y comprender la magnitud de las sonrisas, o quizá el cansancio de alguna mirada. Y el amor. Incluso entre aquellos que hoy han dejado de amarse. Recuperar los parecidos y los elementos de época.
Yo formaba parte de este trío hermoso, con las peleas y distanciamientos propios de la edad. Y aun formo parte, pero aunque así no fuera. Y también parte de esta familia tan bella. Y todo eso que mi memoria por frágil puede perder, quedó registrado en estos retazos de papel que se amontonan sobre el escritorio. Es como recuperar un sonido, un aroma, una sensación. Y sentirme dichosa de haber estado allí.
Yo formaba parte de este trío hermoso, con las peleas y distanciamientos propios de la edad. Y aun formo parte, pero aunque así no fuera. Y también parte de esta familia tan bella. Y todo eso que mi memoria por frágil puede perder, quedó registrado en estos retazos de papel que se amontonan sobre el escritorio. Es como recuperar un sonido, un aroma, una sensación. Y sentirme dichosa de haber estado allí.
sábado, 18 de agosto de 2007
miércoles, 18 de julio de 2007
Filiación
¿En qué momento uno deja de hablar con los padres?. ¿Es en ese instante en que deviene adulto y ya no pide permisos?. O es cuando desea esos permisos de forma explícita y como sabe que no va a obtenerlos (porque las diferencias de opinión sobre determinadas cosas son cada vez más abismales, sobre todo sobre cómo uno, hijo, maneja su vida y sus tiempos), sencillamente calla. ¿La comunicación madura o se interrumpe?. ¿Cuando uno finalmente cumple con los objetivos macro de sus padres (pongamos por caso tener un título), la sensación de deuda hacia ellos se extingue?. ¿O será que en ese momento van a desear otras cosas y seremos eternos morosos?. ¿Llegaremos a sentirnos libres entonces o no?. Queremos esa libertad o en nuestro reclamo exigimos algo que no estamos preparados para afrontar, esto es, hacer lo que queramos sin importar lo que digan. Y qué si cuando ellos nos dejan ir no queremos que lo hagan. Y qué si se transforman en el único motivo por el cual seguimos adelante, para no defraudarlos. Qué cosa tan ambigua con los padres. Alguna vez dije que están para hacer de lo fácil algo difícil y de lo difícil algo sencillo. Hay frases hechas que no son sinceras: “esto lo haces por vos, no por mi”. A simple vista no es verdad, sino no habrían ofensas cuando nos salimos un rato del plan estipulado. No somos ellos. No vivimos en su época. Gracias a su sacrificio hoy no necesitamos sacrificarnos, estamos más contenidos. Y el sacrificio quizá existe desde otro lado. En mi caso, estar sola, lejos. “Pero vos lo elegiste”. Piedad. Lo elegí, pero tengo permiso para sufrir la soledad. “Hiciste lo que querías”. Era una infante, un adolescente pocas veces sabe lo que quiere. ¿“Querés volverte?”. No!. Quiero quejarme un rato. Un rato nomás. Una eterna puja por quién es el victimario y quién la víctima en esta ronda. Qué cosa tan pasional con los padres. Todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de ellos. Todos pueden sentirse identificados con estas palabras. Y ellos, buscando el manual inexistente para criarnos, ponernos límites y encima facilitarnos la felicidad. Tolerando la adolescencia, etapa que debiera abolirse. Amor y odio. Catarsis y ternura. Presencia intolerable. Ausencia insoportable. Tire y afloje. Desesperación e inercia.
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