martes, 1 de julio de 2008

Mío

Quizás algo de mí se quedó con vos.

Y fue antes de volvernos humo
En el centro de esos aires viciados de la calle
Exactamente en el minuto previo
Cuando dejé ese espacio

Breve

Algo de mi se quedó con vos.

Luego en todos los vértices
Que guardan los restos
Tampoco hubo nada
Ni tuyo, ni mío, ni nuestro

Pero en mí

Late esa ausencia ignorada.

Y me pregunto para qué
Si hubiese acaso un sentido,
Para qué dejarte algo tan mio
Si de vos no tengo nada

Por qué me duelen dolores
Intangibles

Y muy a mi pesar
El tiempo deviene obtuso

Esa presencia pequeña
Intacta, entera
La dejé en un rincón
De tus rincones

Y ahora…

Serás esa parte del todo
Que se pierde en la nada
Por ser multitud

Serás masa
Serás todos y ninguno
Y seré alguien que una vez conociste
Que pudo quererte

A quien pudiste querer

Mientras tanto algo de mí
Se quedó en vos
Y como el tiempo es tirano
Ya te pertenece

Pero no logro dejarte
En la orilla de la alteridad
Como el mar se quita la sal de las olas
Y regresa al son del viento

Es inútil y perverso
Pretenderte inexistente
Quererte efímero
Sentirte invisible

Olvidarte

Así que ese algo mío
Lo dejo con vos
Dichosa por volverme
Tan humana como el resto de nosotros.

martes, 15 de enero de 2008

Mala leche 1

Sinceramente a veces me pregunto "por qué estas cosas me pasan a mí"?. Tengo acaso un contrato de mala leche con el destino que firmé una noche de juerga en algún bar porteño, cuando el temor de nuestros padres de que nos pongan drogas extrañas en el trago llegó a su fatal desenlace?? Quizá.
Cuestión que hace algunos días llevaba ropa al lavadero y la puerta de entrada estaba más que sellada, imposible abrirla. Mi vecino tuvo la gentileza de ayudarme a salir y todos a salvo, pero a mi regreso, con un leve empujón el vidrio... inmenso vidrio que creí macizo, estalló en pedazos. No me lastimé, casualidad divina, y acto seguido hablé con la Administración para pedir con suma urgencia un vidriero. Jorge llegó 20 minutos más tarde y criticó a aquellos que "rompen y no juntan los restos". Lo observé con calma y le dije: "yo lo rompí y estaba esperando que lleguara usted para ir a buscar pala y escoba arriba...". Después de todo mi misión, junto con la de algunos vecinos que se sumaban, aunque por pequeños momentos, a observar la catástrofe, era advertir sobre el peligro al que encarara la puerta distraído. Finalmente era la bisagra la que impedía abrir y cerrar la puerta y la queja había sido efectuada hacía una semana. "Le podría haber pasado a cualquiera". He aquí cualquiera. En fin, pese a que me ofrecí a hacerme cargo del gasto de probarse mi responsabilidad en el hecho, lo de la bisagra apaciguó las cosas. Y talvez mi juventud, y mi condición de inquilina.
Lo que a mi me llamó la atención fue mi reacción frente a los sucesos: cuando el vidrio estalla yo me quedo perpleja observando primero su caída y estruendo sobre la baldosa del hall y luego a mi vecina del 1 apartando los restos con un secador mientras me preguntaba si estaba herida. Respiré profundo, y aunque intenté enojarme o deprimirme no lo logré. Simplemente observar las cosas que nos pasan (que a mi me pasan) y dejarlas ir. Todo es anecdótico me repito sonriente. No hay que dramatizarrr.
Creo que después de una seguidilla de cosas por el estilo que vienen ocurriéndome no me queda otra que reconciliarme con la mala leche. Será parte de mi, como en una época lo era perder todos mis objetos de valor simbólico y monetario como las cadenitas de oro, dos DNI, las llaves de casa (junto con el DNI: mapa de robo anunciado), un reloj que me regaló mi mejor amiga, un llavero.. que también me regaló mi mejor amiga, pulóveres...

Soy por herencia genética distraída (desboladísima).

Cuando les cuento estas cosas a mis sobrinos, rompen en carcajadas interminables y elogian mi sentido del humor. Y yo me río con ellos.

Es preferible... reír

Que llorar.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Sin ser

Cuando una historia sin comienzo termina, hay infinidad de palabras posibles que jamás serán dichas a nadie. Es el lenguaje del silencio que se arrincona en el espacio de lo que pudo haber sido. El resto lo ignora por completo y uno mismo con el correr del tiempo aprende a ignorarlo también.
La energía, que había tomado cause, detiene su marcha a mitad de camino y se esfuman las horas de un tiempo perdido, de un tiempo inútil. Y ya no hay miradas, ni voces que sonaban familiares, ni detalles agradables, ni sorpresas ni misterios. No hay planes. Pero tampoco hay vacío. Es como un alto de repente, es una interrupción en la armonía, es una lámina de sombra que ata un nudo en la cuerda del tiempo. Es un momento nada más de confusión y de amenaza de tristezas venideras, que quizá nunca lleguen a materializarse.
Son las fotografías de un amor que no fue amor. Es una historia sin presente ni futuro, sin esencia. Es un mero condicional. Aquello que pudo haber sido y no fue, no es. Y en mi propio devenir temperamental debo decir… tampoco será.
¿Qué nos dejan estas historias? ¿Qué aprendemos con ellas?

sábado, 24 de noviembre de 2007

Bife en mano

La historia comienza en una esquina del corazón de San Telmo. Rezaba Takura su cartel sin luces. Los minutos pasaban y comencé a presentir que no vendría al encuentro. Entonces la llamé y como efectivamente estaba retrasada propuso enviarme una consigna por mail para que hiciera ese parcial a destiempo de modo domiciliario. Horas después encontraría en mi correo su intensa complejidad.
Caminé hasta la parada del 29 que llegó enseguida. Era de noche ya y es un paseo, el de regreso a casa desde ese barrio, que siempre disfruto. Las vidrieras con antigüedades, la gente tomando tragos en la plazoleta de cemento y después una calzada circular hacia el centro hastiado a toda hora. La Avenida Córdoba se abre y todo me resulta familiar. Como si en cada rincón hubiera una anécdota mía.
Bajé en lo de Ro, tomamos unas copas de vino y hablamos de la vida, de los desamores y de la sequía de esas lágrimas que no logran aflorar. Hablamos del tiempo cuando nos invadió el aroma a lluvia.
Finalmente llegué a casa cerca de las 10 de la noche y pedí comida porque no tenía ganas de cocinar. Necesitaba hierro y elegí un bife de costilla que llegaría en 30 minutos.
El timbre sonó y pensé en atender, creo que lo hice, pero sólo para comprobar que todavía no arreglaron el portero. Y quizá pensando en esas cosas me puse unas ojotas (podrían haber sido las pantuflas) y bajé con la billetera y el cambio justo.

Sólo con la billetera y el cambio justo.

Mientras me acercaba a la puerta ya en planta baja descubrí que no tenía la llave. Ahí estaba, mi bife esperándome, mi estómago crujiendo, mis manos casi vacías. Entonces haciéndole una seña al chico del delivery le rogué que me esperara. Él sonrió y pasó los siguientes minutos observándome de puerta en puerta sin lograr que nadie me abriera. “Estoy descansando” gritó el malhumorado del 3 con tonada gallega. “Buena onda” le contesté con enojo.
Subí hacia la salvación del 7. Primero pude encontrarme con el bife, le pagué al muchacho y enfrenté lo peor. Mi vecino hizo fuerza con una radiografía y no logró abrir la puerta. Entonces desde su casa llamé a Aldana que no estaba y a Ro, pero daba ocupado.
Con una llave extra de la puerta de entrada que me facilitaron y un paraguas a estrenar, también prestado, salí bajo la lluvia, bife en mano y en ojotas. Pasé por el banco, saqué dinero, y desde un locutorio llamé a Ro que me pasó el celular de Aldana (esto de tener todo agendado hace que ya no memoricemos nada) y paso seguido la llamé a la Peti.

- Estoy en Paseo del Sol, tengo la llave conmigo ( wonder wooommmaaannn)

Me tomé el 152 (o el 39) y me bajé en el Alto Palermo. Recuperé la llave, me despedí de Aldana y sus amigos y en un 68 (o 29) regresé a casa con el bife ya frío, pero contenta por no haberme desesperado en tomar mil taxis para cortas distancias, sobre todo con una bajada de bandera a 3.10.

En fin. Final feliz para una pequeña odisea.

El bife delicioso. Valió la pena esperar.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Atmósfera

Hay una melodía que me recuerda un lugar en el que nunca estuve, pero que se parece mucho a mi lugar en el mundo. Es un espacio inmenso y vacío en el que el aire recorre sus propios sueños. Hay arena y es húmeda y con aroma a lluvias veraniegas y lejanas. Tiene recovecos por doquier y son de piedra y de cal, cubiertos de sal y de memorias nuevas. Es mi paraíso personal. Es mi lugar desconocido. Está esperándome en algún rincón del globo, anhelando ser habitado por mí. Y yo sólo deseo ser habitada por él. Correr descalza contra la brisa de una primavera eterna. Y saber que mi destino estuvo siempre entre esas rocas azules y esos ecos palaciegos de la orilla. Aire.

Aire.

Y esa sola melodía.

viernes, 26 de octubre de 2007

En construcción 3

Uno construye.
Construye su día, lo prepara, elige los condimentos adecuados, lo saborea, lo arma. Lo diseña. Espontáneamente quizá, va uniendo las piezas necesarias para vivirlo. Cuando factores externos aparecen sorpresivamente los deja entrar e influir o los aparta y los reprime. Una piedra derrumba el castillo de naipes, puro equilibrio. Siempre hay que dejar un espacio para esas sorpresas. Uno construye un método de estudio, lo abandona y lo reconstruye las veces que considera necesarias. Una relación también se construye, de a dos. A veces construimos fantasías e ideales de cosas que nunca serán. Construimos textos eligiendo y ordenando, paradigma y sintagma, una armonía semántica que nos convence.
Pero a veces sentimos que no construimos nada. Que no aportamos nuevos elementos a nuestro universo. Que los días se deshacen entre las yemas de los dedos. A veces la tristeza devora muchas de nuestras horas, irrecuperables. Será que también allí construimos. Un rincón para la tristeza que se nos impone.
Hay autores que citan el advenimiento del reloj como impulso de la modernidad. Esto quiere decir que nuestras nociones acerca del tiempo son inventadas. Nos vienen dadas, pero en realidad son aprehendidas. Los relojes marcan los retrasos, los adelantos, el espacio limitado para comer un sándwich en la oficina, hasta la cantidad de posibilidades que restan para tener o no un hijo. Es una total mesura. Y de hecho también logra catalogarnos porque si solemos estar retrasados somos impuntuales. La palabra retraso en su sentido peyorativo (incluso cuando no intenta serlo lo es) nos dice que la normalidad está hacia delante. Alguien con un retraso, si nos guiáramos solo por el origen semántico de esta palabra no puede progresar. Si nos adelantamos en cambio nos llaman ansiosos, perfeccionistas, estructurados, obsesivos, histéricos. Y si no tenemos un hijo antes de que el reloj biológico llegue a las 12 campanadas, viviremos solas por el resto de nuestras vidas.
Pero, ¿quién es el culpable de los momentos marchitos?. Esos que no pueden recuperarse.
Los que bajo un inconsciente vestido de normalidad pudimos haber advertido, mientras el tiempo pasaba violento y veloz. ¿Cómo ganamos el tiempo perdido?, ¿con qué pagamos los instantes derrochados?.
Si estoy en deuda con un pasado que quiso ser, que pudo ser y al que di la espalda una y otra vez. Una idea, un impulso, un amor. Y en deuda conmigo.

Culpable es el miedo. O la farsa hecha armadura de una fortaleza que no es tal, pero a la que le entregué mi vida entera. Culpable es la estupidez que nace del dolor. Culpables son los otros. Soy yo en esta ajada red social. Culpable es una imagen, o dos. Y la memoria selectiva que eligió mal.
Pero aun no se consigue dominar el tiempo y su retroceder. Es una utopía tan absurda. Es una excusa tan banal, que quiere dejar de ser mi utopía mayor. La técnica tiene falencias que para nuestro sentido común son obviedades. No puede deshacer la mortandad, ni nos permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Tampoco hace posible volver el tiempo atrás.

¿Puedo construir algo que niegue lo anterior?, ¿o destruir lo construido?; ¿vencer el tiempo dándole la espalda a ese deseo de regresar para hacer las cosas bien?

O será mejor sencillamente construir… cosas distintas.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Rojo intenso

Casi en un descuido escribí en verso alguna vez un poema, quién sabe cómo lo titulé si es que lo hice, quien sabe de qué trataba si es que era algo más que mera rima. Sin saber muy bien qué era lo que hacía acepté esa propuesta de mis amigas en plena infancia y asistí a una reunión coral en la que el profesor determinó que yo era soprano. De alguna manera sin fuerza alguna la escritura y el cantar entraron en mí y adornaron mis rutinas desde allí en adelante. La vocación se nos impone, dijo un sabio filósofo una vez no hace mucho y yo lo presencié. Es cierto, pensé. Hay quienes pasan la vida entera buscándola. Nunca concebí una vida sin pasión, hasta que entendí que así como la felicidad es momentánea, la pasión también lo es, pero es, es decir que existe. Y al igual que la vocación y las más de las veces de la mano de ésta, también la pasión se nos impone. Quizá no haga falta esperarla, buscarla desesperadamente, sino simplemente (y con toda la complejidad que supone) no ignorarla cuando llega. Por qué volver el rostro hacia el pasado como el Agelus Novus que busca “recomponer lo despedazado”. Siquiera temerle al “huracán” del futuro. Quedémonos con el hoy.
Hoy, caminé las últimas dos cuadras de mis 23 años por Güemes hacia mi hogar. Faltaban dos minutos y yo empecé a sonreír. El miedo de llegar a este punto, la desesperación de buscar en mi historia señales de improntas vistosas, me persiguió esta semana, el lamento de la cercanía al cuarto de siglo. Y la total incertidumbre. Luego el teléfono empezó a sonar con saludos y alegrías y cariños y planes… y todo eso. Siento que nunca un número par me gustó tanto. Lo veo de color colorado, vivo e intenso. Le veo la talla de la madurez necesaria para empezar a madurar, del crecimiento preciso para empezar a crecer. Y cambiar mis mensajes hacia mi y hacia mi propio universo por párrafos cortos y sencillos que hablan de bienvenidas y abrazos.

Hace 24 años, a las 15.45 de un miércoles, llegué. Esta sensación de caída en un universo ya conformado que se alistaba para ser mi hogar. Caí. En uno de esos momentos que no son ni dorados ni de desintegración, sino un permanecer. Cuando todo era nirvana yo llegué. No podría haberlo querido de otro modo de haber tenido la imposible posibilidad de elegir. Y sé varias anécdotas que me dibujan el momento, que se quedan en mi y en mi bagaje de recuerdos sin memoria.
Llegué ese año que el horóscopo chino otorgaba al chancho de agua, el mismo año en que en varios se renovaba la esperanza hecha piel de la libertad, pero aun no hecha cuerpo. Cuando la sal entumecía los rostros, y habían sólo sospechas y temores de toda esa ausencia que luego fue evidente. En un país de jueves blancos y domingos grises. En el mes de los enamorados, de las flores. En un año de paradojas.
Así que me siento así: del color de la pasión, y bella como esta noche que anuncia la primavera cercana. Amo la vida, amo a mi gata, amo tantas cosas. Y yo que alguna vez creí mi pasión perdida. Será que hay que seguir buscando, con más que predisposición, por dónde encausar la energía. Y arriesgar las veces que queramos como mejor nos parezca. Somos tantas cosas, cumplimos tantos roles, influimos de tantas maneras en los otros y en nosotros a medida que la vida transcurre, que por qué no, animarnos a vivirla a nuestro modo como dice la canción.